champagne

Nunca he creído que exista una bebida adaptada a un mes, o a una estación en concreto.

Sí que es verdad, que por ley divina o natural (vamos, como decir por lo civil o lo criminal), las burbujas se han adosado a los días de celebración, siendo ésta, del índole que fuere.

Hace años que descubrí que los vinos espumosos van bien en la mayoría de las comidas, por ello es fácil verme comer con ellos, aunque sí que es verdad, que en el mundo de la armonía entre el vino y la gastronomía, soy de amplias miras.

Pero si hay una bebida que se identifica más con la Navidad, sin duda ésta es el champagne, y no apostillar con “el francés” por que se sobrentiende que él es galo, pues proviene de la región francesa de Champagne.

Este vino (no olvidemos que es un vino blanco) nació de la casualidad y accidentalmente gracias al ingenio, al cuidado y a la experiencia en el cultivo del viñedo de Dom Perignon, abate ciego de la Abadía de Hautvillers.

El abate juntó varios vinos blancos de distintas vendimias, y los embotelló en varias botellas. De manera fortuita, uno de esos vinos, generó una segunda fermentación en su interior, creando las burbujas tan apreciadas. Su sorpresa fue doble, pues al ser ciego cuando probó el vino y descubrió las burbujas, salió gritando “Venid rápido hermanos, estoy bebiendo estrellas”.

Es indudable que no es comparable al Cuento de la Navidad de Dickens, pero para aquellos que amamos esta bebida, nos parece muy sugerente, y siempre que podemos, alzamos nuestras copas y brindamos por nuestro querido y adorado Dom Perignon.

Él fue el primero, y su aporte a la elaboración del champagne fue considerable, pero no fue el único.

Una viuda, más conocida como La Veuve Clicquot o Madame Posardin, aportó sus granitos de arena. Enviudo muy joven (con apenas 27 años) de Monsieur Clicquot, pero no se amínalo, y continuó con la elaboración de vinos.

Su calidad es y ha sido innegable, pero a ella hay que reconocer dos aportes fundamentales: El llamado pupitre o mesa de clarificado y la elaboración del primer rosado.

La mesa de clarificado facilita que los sedimentos que han creado las levaduras, lleguen al cuello de la botella, y salgan con mayor facilidad clarificando mucho más el champagne.

La creación del primer rosado fue en 1818, y este color llegó gracias a la mezcla de su rojo bouzy y su champagne.

Otro de los misterios que acompaña esta bebida, es el peso de sus botellas. Su peso y el grosor de su vidrio viene determinado por la presión que alcanza su interior, el cual en algunos casos, llega a las 6 atmósferas de presión.

Otro de las curiosidades de la botella de champagne es su color, ¿por qué ese verde esmeralda?

El color prolonga la vida de la burbuja. Al no ver la luz natural, la burbuja tiene más vida y expresividad.

Pero como siempre hay un díscolo en la familia, la región de Champagne no se libró de semejante maldición. Y ésta llegó de otra de sus míticas Maison; Louis Roederer.

Fue muy común entre las monarquías europeas atribuir a su casa real un champagne

Y la Casa Románov que reinaba en la Rusia zarista, tomó a Louis Roederer cómo propia.

Nicolás II decidió que ese iba a ser su vino de cabecera, y para ello pidió a los responsables de la bodega que crearan algo excepcional para él, y para su familia. Y la decisión de los responsables fue crear una botella transparente, cuya base iba ser maciza, a diferencia de todas las demás botellas que es hueca.

Se ha magnificado mucho esta botella tan singular, incluso se llegó a decir que ese modelo tan diferente había sido una demanda de la Ojran, la policía secreta rusa que sembró el miedo y la muerte entre anarquista y revolucionarios.

El hecho de ser transparente se adujo a que si se introducía un veneno, éste quedaría al descubierto por su color. Y el presentar la base maciza, se argumentó para prever que no se introdujera en su interior una pequeña bomba.

Pues ambas anécdotas no son ciertas (en Champagne, nunca dirían mentiras), pero cómo son leyendas, no las cambiemos nunca, y tampoco dudaremos.

El Champagne, el cine y el glamour

Si hay un arte que ha ayudado al champagne a prolongarse en el tiempo y en el encanto, sin duda, ese ha sido el mundo del cine.

Ver a la constelación de estrellas cinematográficas abriendo botellas y brindando sin cesar es una de las imágenes que sin duda, ha fomentado su consumo y popularidad.

Ver a Bogart y a la Bergman brindando con Cordón Rouge en la Belle Aurora, ver a Gere intentando seducir a Julia Roberts en Pretty Woman con Moët Chandon y fresas silvestres, ver a Redford brindado con él en El Gran Gatsby o al propio Leonardo di Carpio alzando la copa momentos antes de que Titánic chocara con el inmenso iceberg, son imágenes y momentos que sin duda han prolongado a este vino a la eternidad.

Pero si hay un personaje que ha facilitado que el champagne traspasara todas las cimas imaginables, sin duda éste ha sido Bond, James Bond.

El personaje creado por Ian Fleming ha sido el mayor devorador de botellas de Dom Perignon primero, y después de Bollinger (en champagne que bebía el propio Ian) que ha habido en la historia, y gracias a él, su popularidad subió como la propia espuma que se genera cuando abres una botella y la zarandeas.

Como anécdota les diré, que en la película Moonraker la productora decidió cambiar del Dom Perignon a Bollinger, pues ese año, Bollinger, triplicó ventas en todo el mundo, y desde entonces, es el vino de cabecera de mi querido James. Es más, junto a Aston Martín, son las dos únicas marcas que salen en sus películas sin pagar cánones o publicidad.

Cómo pueden observar, el mundo del champagne reúne entorno a él, todo lo deseado, y si tienen alguna duda, descorchen una botella, cierren los ojos y den un ligero trago, y verán con les recuerda la frase de Dom Perignon, “estoy bebiendo estrellas”.

Yo les aporto dos frases propias. “Siempre tendré una botella champagne en la bodega esperándote”, y “ el champagne hace nuevos amigos, y mejora a los viejos”.

—Pedro G. Mocholí

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