Hay algo en estos ríos

Es probable que nunca conozcas el bar La Ermita.
Es probable que nunca comprendas del todo que estás vivo.
En cualquier caso, hay una vitrina al fondo del local llena de objetos personales de muertos.
Viejos clientes del bar, fundado en 1948.
Buenos clientes muertos que antes de largarse decidieron legar al bar una parte de ellos.
Decidieron que, de algún modo, querían quedarse.
Hay un encendedor plateado de aspecto manoseado, gastado.
Hay un sombrero gris de ala estrecha con una cinta negra.
Hay unos pendientes como dos lámparas de araña en miniatura.
Hay unas gafas de sol de cristal verde botella.
Hay un llavero de la torre Eiffel, dorado y con dos llaves oxidadas.
Hay un cedé de Julio Iglesias autografiado de manera ilegible.
Hay un par de medias negras.
Hay una bufanda del Albacete Balompié.
Hay, palabra, un móvil marca Nokia con la carcasa sujeta con cinta aislante.
Hay un casco, un casco negro mate como una bala de cañón con el que me dan ganas de recorrer la Costa Azul a lomos de una Ducati.
De arremeter contra el muro del futuro con un ejército de caballos de potencia, y traspasarlo.
En fin.
Siempre que paso por el bar La Ermita contemplo alucinado esa vitrina mientras me tomo un vino.
Siempre que contemplo esa vitrina me pregunto qué dejaría yo en ella si me fuera a morir mañana.
Y nunca encuentro respuesta.
No soy de esos que sienten apego por sus cosas.
Siento apego por mí. Un apego innegociable, un amor desenfrenado.
Tanto que solo yo podría representarme a mí mismo en la eternidad.
De modo que imagino mi cuerpo en el altar pagano del bar La Ermita.
Mi cuerpo entero, la embajada abandonada de lo que fui.
Me imagino dentro de esa vitrina, esa urna, esa cápsula del tiempo, con los ojos muy abiertos, viéndolo todo.
Exactamente igual que ahora pero hasta el último día del universo.
Yo ahí dentro, de cuerpo presente.
Siempre presente.
Muy presente.

— Iván Rojo, escritor de novelas de relatos y poemarios. Su última novela, «El último buda atraviesa Fargo» (Rasmia, 2019). 

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