Cuento MONDO ZEN

cuento mondo zen

Iba por la calle, por el centro, hora punta de rebajas, la voz roja en mi cabeza se había puesto a hablarme otra vez, algo sobre construir un bungaló, o una cabaña de troncos, o un tipi, decía que con un tipi se conformaría, cualquier cosa que pudiera servir de refugio, total que estaba confuso, desorientado, un poco más que de costumbre, incluso, me sentía a la deriva entre el gentío cuando aquel tipo me salió al paso entre el Zara y el Bershka, corpulento, barrigón y calvo y con una sonrisa pacífica, luminosa, algo así como un faro en la tempestad, algo así como un Buda pero con barba y una cartulina verde pastel en sus manos que decía Te regalo un abrazo, y pensé Qué coño, de hecho creo que lo dije en voz alta, avancé hasta él y me arrojé en sus brazos, me aferré a su cuerpo igual que un náufrago a una milagrosa boya en mitad del océano, necesitaba descansar un rato, reponer fuerzas, enfriar mi mente, acallar la voz roja, volver a escucharme, la barba de Mr. Abrazos olía a champú de huevo y a algo así como puchero pero no me importaba, se estaba bien allí acurrucado, se estaba a salvo, me quedaría el tiempo que hiciera falta entre los brazos de mi buen samaritano, dos o tres días mínimo, quizá hasta el verano, sin embargo él debía de tener otros planes porque noté que hacía ademán de desunirnos, yo no entendía nada, ¿mi dosis de fraternidad ya se había acabado?, ¿cinco segundos de buen rollo era cuanto estaba dispuesto a darme aquel mesías?, no, no y mil veces no, dije, y afiancé mi abrazo juntando las manos detrás de su espalda, anudando dedo con dedo, Venga, tío, ya está bien, dijo el tipo en mi oído esforzándose por adoptar un tono paciente, pero la ansiedad zumbaba en su voz como una mosca en la telaraña, Ni lo sueñes, repliqué, y cerré todavía más mis brazos alrededor de su corpachón, oí crujir sus costillas, lo juro, de pronto poseía una fuerza simiesca y supongo que el Buda se dio cuenta porque perdió definitivamente los nervios y empezó a gritar pidiendo socorro y que le quitaran a aquel loco (yo) de encima, hicieron falta cinco minutos y el mismo número de ciudadanos para arrancarme de mi refugio, acabamos rodando todos por el pavimento, alguien me dio un golpe en la nariz, creo que con la rodilla, y me manché de sangre el jersey, Buda ya no sonreía, era la viva imagen del espanto, Mentiroso, le espeté, luego me levanté, me sacudí el polvo de la ropa y me bastaron tres pasos para perderme entre la multitud, sin rumbo otra vez, solo, bueno, con la voz roja de nuevo haciéndose oír en mi cabeza, Te lo repito, necesitamos esa choza, un puto iglú, lo que sea, bien lejos.

— Iván Rojo, escritor de novelas de relatos y poemarios. Su última novela, «El último buda atraviesa Fargo» (Rasmia, 2019). 

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