Siempre que podía y que el trabajo no se lo impedía, las vespradas que el Valencia CF jugaba en Mestalla, Juan Genovés se desplazaba desde su estudio en Aravaca a Atocha para viajar en AVE hasta València. ¡Menudo invento el tren de Alta Velocidad! Allí le esperaba algo más que una tarde de fútbol, un regreso a la infancia, un contacto con su patria chica, una localidad de asiento en el coliseo de Mestalla. Genovés (València, 31 de mayo de 1930 – Madrid, 15 de mayo de 2020) había nacido en el Pueblo de Mestalla. Vivió en el vértice de tres de sus calles, Finlandia, Micer Mascó y General Pando. A Genovés vivir pared con pared con el viejo estadio le había marcado desde la infancia. Desde la ventana de su casa escuchaba el rugido de una marabunta que se enaltecía con los goles de Mundo o las carreras por la banda de Gorostiza. Creció con un Valencia poderoso. Eléctrico. Victorioso. Aquella escuadra liderada por el presidente de los presidentes, Luis Casanova.

Genovés viviría en su adolescencia la reconversión de un amateur efecé en un club de fútbol respetado en toda la mesetaria geografía española una vez finalizada la guerra civil española. Posiblemente, por su corta edad, se perdería la primera final oficial disputada en Montjuic por el equipo de sus colores, un 6 de mayo de 1934, pero Genovés era uno de los nuestros.  Pasó inadvertido por la gran mayoría de aficionados del equipo blanquinegro cada jornada de fútbol que se iniciaba en la avenida de Suecia, con el olor a puro y el sorbo del coñac. Mestalla contaba entre sus filas con un artista de dibujos animados. Un hombre comprometido con una generación bajo el yugo de una época marcada por una dictadura militar. Un pintor realista. Un genio del arte con pincel propio. Genovés junto a Luis García Berlanga, otro valenciano universal, pertenecen a esa estirpe de ilustres de una heráldica de ciudadanos que han dejado huella en la sociedad. Dos descendientes de esa pintoresca y tradicional barriada que fue la Bajada de San Francisco, origen del valencianismo deportivo desde los fogones del Bar Torino.

Genovés nunca mostró arrugas, ni desprecio, ante sus colegas de profesión, mostrando su pasión por el fútbol. Sacaba pecho de ello en todas las entrevistas concedidas a críticos de arte o profesionales del periodismo. Deporte rey que contaba con el espaldarazo de gran parte del mundo intelectual, como se atrevió a escribir José Luis Borges: “El futbol es popular porque la estupidez es popular”. Posiblemente, dada su impronta modestia, pasaría por alto estas afirmaciones del literato argentino. Genovés llegó al Centenario del Club celebrando la efeméride sin fuegos de artificio, sin arengas, sin eufemismos interiorizando a su manera esta fecha especial, un legado de padres a hijos, un sentiment. La propiedad no se acordó de él, llamativo sin duda.  A Juan Genovés se le puede recordar y elogiar por tantos de sus trabajos, pero a Juan Genovés se le inmortalizará hasta en la eternidad por ese fungido y sentido abrazo.  

Juan Genovés nos ha dejado en un irreconocible momento en el que el contacto puede ser nocivo para la salud. Juan Genovés se ha ido pero no se ha marchado de nuestras vidas. Genovés es el único artista que puede representar al óleo desde una perspectiva aérea el abrazo de la afición cuando la pelota entra en la portería del equipo rival de Mestalla, ciencia espontánea de júbilo que confraterniza cualquier ser humano tras la victoria de su equipo. Juan Genovés ha muerto con las botas puestas. Sobre la memoria de Genovés debe cimentarse ese templo de tesoros ocultos, recuerdos y memoria, que no es otro que los pilares del gran museo de la historia del Club. Juan Genovés es uno de los nuestros, el jugador nº 12.

 

— Pedro Rodrigo

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