Recuerdo aquella época – Vinos ecológicos y naturales

vino ecológico

Recuerdo la época en la que empezaron a proliferar los vinos procedentes de agricultura ecológica. Era mucho antes del año 2012, en el que el comité permanente de la Agricultura Ecológica de la UE llegó a un acuerdo sobre la definición de “vino ecológico”. Aun así, era el término utilizado para referirse a ellos, con toda la controversia y debate que generaba el vacío legal y la consiguiente falta de certificación.

A modo de resumen, los vinos ecológicos han de proceder de cultivos certificados como “Agricultura ecológica”, donde se prohíbe la utilización de productos de síntesis, abonos minerales y la quema de restos de cultivo, así como se limitan los fertilizantes estrictamente a los orgánicos naturales ya sean vegetales o de origen animal, permitiéndose tanto el azufre como el sulfato de cobre. Además, una vez llega la uva a la bodega, la adición de sulfuroso (antimicrobiano), correctores de acidez (solamente en España, Portugal, Italia y Grecia) y bentonitas (clarificante) es menor que en el resto de vinos, pero permitida.

Recuerdo aquella época porque parecía que “todo valía” si una bodega sacaba a la venta un vino ecológico. De más permisibilidad gozaban aquellas que eran de poca producción, como si siempre fuera un factor de calidad elaborar un número escueto de botellas. Así era fácil descorchar un vino y encontrar aromas de reducción, cloaca y suciedad, y con claros defectos de elaboración acarreados por “jugar” al límite o utilizar uvas de escasa calidad derrotadas por podredumbres y plagas.

Mientras Heiner Sauer y Klaus Lauerbach creaban desde la discreción y certificación un espectáculo de vinos procedentes de agricultura ecológica – en especial el añorado L’Angelet d’or – en Bodegas Palmera, o Rodolfo Valiente con sus Vegalfaro, otros, bajo la bandera de ecológico, intentaban excusar incorrecciones y peor aún, defendían que eran propias del estilo de vino e identificativas de los mismos.

La suerte, la especialización de las técnicas vitivinícolas y el aumento de cultura y exigencia del consumidor consiguieron que los vinos de escasa calidad se disiparan por el camino, a pesar del marketing que pudiera ofrecer un sello en la contraetiqueta.

Recuerdo aquella época porque la ola de moda de los vinos naturales repite con descaro la misma situación. Su credo se basa en la mínima intervención tanto en el viñedo como en la bodega: sin adición de levaduras, bacterias, rectificaciones y químicos, se filtra suavemente a la par que se intenta – repito se intenta – evitar el sulfuroso de manera apreciable.

Así pues, corremos el riesgo de aceptar defectos vinícolas exculpados por el dogma en boga. En especial es preocupante el tan repetido aroma a sidra; este inequívoco testigo de oxidación se extiende cual plaga, eclipsando la fragancia de los vinos. No tiene razón de existir en los parámetros de calidad. Menos mal que la fe, conciencia y raciocinio a veces se encuentran y personas como la familia de Rafa López miman las uvas para defender sus principios con su delicioso Sexto Elemento.

Recuerdo aquella época, con el deseo que vuelva la suerte, la especialización de las técnicas vitivinícolas y el aumento de cultura y exigencia del consumidor.

– Maximiliano Bao Cabezos

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